La primera causa que da lugar a todo lo que sucede es la confusión o la ignorancia.

Cuando en este contexto hablamos de ignorancia no nos referimos a la ignorancia o confusión que a veces decimos que tenemos, unos más y otros menos, sobre lo que nos rodea, Esta es una ignorancia secundaria o cotidiana.

Nos referimos a la ignorancia base o raíz de todo, la ignorancia que constituye el primer vínculo del origen en dependencia, la fuente de donde proceden todas las emociones negativas, todo el karma negativo, todos los problemas y todo el sufrimiento que experimentamos constantemente.

En tibetano, la palabra para ignorancia es marigpa, que significa “no ver”, “no conocer” o “no reconocer”, aunque su significado último va más allá de esto. En efecto, la ignorancia es exactamente lo opuesto a “sabiduría”, que es el conocimiento de la naturaleza de los fenómenos. Para completar su significado tenemos que preguntarnos: ¿qué es lo que no vemos, no sabemos y no reconocemos? Y la respuesta es: la verdadera naturaleza de los fenómenos.

Puede que algunas personas consideren que tienen mucho conocimiento, que saben muchas cosas, pero este conocimiento no es sabiduría, la auténtica sabiduría, sino algo que podríamos denominar “inteligencia mundana”. Este conocimiento no nos ayuda a recorrer el camino espiritual, pues para ello necesitamos eliminar la ignorancia raíz, que sólo puede ser erradicada con la verdadera sabiduría, no con cualquiera: la que nos permite reconocer la naturaleza primordial, o última, de los fenómenos.

Mientras sigamos careciendo de la verdadera sabiduría, continuaremos vagando en el ciclo del samsara, siempre igual, como una noria.

Como vivimos en la ignorancia, nuestra mente confusa experimenta multitud de apariencias, a las que se aferra como si fuesen realidad, y así comenzamos ese errar continuo. Cuando nos aferramos a los cinco agregados, nuestra consciencia crea un yo, y no uno simple, sino un gran yo que, una vez creado, crea a su vez las apariencias de los fenómenos externos, a los que define como lo otro.

Asi pues, el punto de partida del samsara es el momento en el que la mente confusa y llena de ignorancia crea estos dos conceptos: por un lado, el yo, que surge del aferramiento de la consciencia a los cinco agregados, a los que concibe como una entidad; y, por otro lado, lo otro, que surge de considerar las apariencias externas a ese yo como lo otro. Así, ya tenemos la dualidad: el yo y lo otro.

Una vez que nos hemos aferrado a los cinco agregados como un yo, este yo genera el apego. Y este fuerte apego a uno mismo, el auto-aferramiento, genera las ideas de lo mío y de “yo quiero esto”. La raíz del ego o del yo es, pues, la ignorancia. Al mismo tiempo, una vez las apariencias externas son consideradas como lo otro, pasan a ser menos importantes que yo. Si estas apariencias no son atractivas, nos generan un sentimiento incómodo o aversión, por lo que inmediatamente intentaremos mantenernos a distancia de ellas. Si esta aversión es completa, se produce la emoción de la ira, momento en el cual desearemos destruirlas. Así es como la ignorancia crea el ego, y el ego crea el apego a uno mismo y también el desapego o la aversión hacia las apariencias.

Ambos, apego y aversión, crean la esperanza y el miedo. El apego hacia uno mismo genera la esperanza de conseguir más y el miedo de perder algo; por su parte la aversión hacia lo otro crea, también, la esperanza y el miedo. El mucho apego y la mucha aversión, la esperanza y el miedo ―emociones que traen otras, como los celos, el orgullo, la competitividad y todos esos infinitos pensamientos que continuamente tenemos―, generan nuestra confusión y convierten nuestra mente en una mente engañada, llena de oscuridad, incapaz de ver su propia naturaleza y comprender la naturaleza de los fenómenos.

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