Tenemos tantos problemas en nuestra vida, experimentamos continuamente tanto sufrimiento.

Por lo general pensamos que esos problemas, ese sufrimiento, proceden de fuera, que hay una suerte de causas externas que nos hacen sufrir. Creemos que sufrimos a causa de “él”, de “ella”, de “esto”, de “aquello”, de “la situación”…incluso a veces decimos “se junta todo”. Es posible que en un primer momento nos parezca que la causa de nuestro sufrimiento es una situación determinada situada fuera de nosotros; sin embargo, la causa más profunda es nuestra incapacidad de reconocer que somos nosotros los que creamos nuestros propios problemas porque lo cierto es que los problemas más graves de nuestra vida los generamos nosotros mismos.

Cojo una botella de agua. La sostengo durante un par de minutos y como la botella no es muy pesada, todo está bien. Mantengo la botella en mi mano durante veinte minutos y comienzo a sentir molestias en la mano. Sigo sosteniendo la botella y empiezo a notar dolor en el brazo y quizás en el hombro. Ya no quiero seguir sosteniendo la botella pero sigo haciéndolo. Me siento estresado, no es sólo dolor físico sino también mental. Pero ¿quién ha creado esos problemas? ¿Los ha creado la botella de agua? Los he creado yo por no soltar la botella. Tan pronto lo haga, el sufrimiento cesará.

Es muy importante, pues, tratar de soltar los problemas en el primer momento, tan pronto los reconocemos. En efecto, el primer momento en que surge una dificultad, por ejemplo, el primer instante en que alguien nos insulta, nos mira mal, nos ignora, o nos dice que no somos una buena persona, y en que nos damos cuenta todo lo que esto, sin duda alguna, nos afecta, no es peligroso, si sabemos cómo manejarlo. Empieza realmente a serlo en el siguiente momento, cuando le damos vueltas a lo escuchado o visto, y empezamos a pensar cada instante y cada día: ¿por qué me ha dicho eso?; es decir, cuando seguimos llevando el malestar generado en este primer momento durante veinticuatro horas, o varios días. Y así como sostener la botella de agua durante veinticuatro horas nos bloqueará el brazo y acabará afectándonos la salud, rumiar estos pensamientos en la cabeza, repetir las mismas ideas, ¿y por qué me insultó? ¿por qué me lo ha dicho? ¿por qué?, durante veinticuatro horas, incluso en los sueños, dañará nuestra salud física y mental.

Creamos e imaginamos una gran cantidad de historias que nos hacen sentir mal y pueden, incluso, llegar a enfermarnos. De ellas surge el estrés, el cual crea el miedo, y el miedo engendra la preocupación y el temor de perder algo. ¡Todo esto ocurre porque nos empeñamos en llevar este peso o carga! Cuanto más tiempo lo llevemos, más pesado se hará, y cuanto más pesado se haga, más energía perderemos. Y ¿qué pasa cuando perdemos mucha energía? ¿Qué sucede cuando nos vamos quedando sin fuerza? Que, al cabo del tiempo, hasta los problemas más pequeños nos afectarán de un modo desmesurado. Cualquier cosa que nos digan, cualquier cosa que imaginemos, nos afectará de una forma excesiva. ¡Y esta clase de enfermedad, o de aflicción, es muy difícil de curar! Por eso es esencial soltar este peso, no cargar con él continuamente, intentar comprender la realidad que nos rodea y aceptarla.

Pero quizá la mayor dificultad que nos surge con esta aflicción es la pérdida de la esperanza, de la autoconfianza. Empezamos a creer que la vida se nos va a acabar, que nada vale la pena, que no nos quieren, que no le gustamos a nadie, que los demás no tienen ganas de hablar con nosotros, y muchos más pensamientos que todos conocemos. Pero todo esto es el fruto de nuestra imaginación. Como estas imaginaciones son muchas, y las vamos cargando y rumiando una y otra vez, hasta debilitarnos y enfermar, necesitamos en igual medida esperanza y confianza. Esto es lo que debemos transmitir a quienes se encuentran en estado de gran aflicción, a quienes llevan este peso durante mucho tiempo.

Normalmente esta clase de debilidad se debe a que concedemos mucha importancia a lo que piensan y dicen los demás, hasta llegar, incluso, a que nuestra vida dependa de su juicio. Y cuando aquí digo “nuestra vida”, “nuestra identidad” y “nuestra personalidad”, la palabra “nuestra” significa “todos”, “cada uno”, no sólo nosotros mismos. Decir que nuestra identidad depende de los demás significa que el mando a distancia de nuestra vida no está en nuestras manos sino en las de otros. Creo que todos tenéis en vuestra casa un mando a distancia para la televisión. Si el mando lo tiene el padre, todos verán lo que quiere ver el padre, y si el mando lo tiene la madre, o los niños, se verá lo que ellos quieran ver. El mando de nuestra vida no lo tenemos en nuestras manos, sino que está en las manos de otras personas, y es su opinión la que decide. Somos muy dependientes de las opiniones ajenas. Si alguien nos dice que somos muy buenas personas, lo creeremos, y nos alegraremos, pero si al día siguiente, o a la siguiente hora, la misma persona nos dice que no somos buenas personas, inmediatamente nos venimos abajo. Así se va formando nuestra identidad, a través de nuestra imaginación, en función de lo que otros dicen de nosotros. Volver a tener en nuestras manos el mando de nuestra vida es un desafío muy grande.

Todos intentamos tener una vida mejor, más apacible, pero esto no será posible si dependemos de los demás, o lo que es lo mismo, si no tenemos confianza en nosotros mismos. Pues al no tenerla, cualquier cosa que digan los demás nos influye, de forma que si lo que dicen, o piensan, de nosotros es bueno, lo experimentamos como agradable, y si es malo, nos hace seguir perdiendo confianza. No estamos hablando sólo de teorías, pues todos podemos reconocer esta dependencia a la opinión de los demás en nosotros mismos, en personas más o menos cercanas, y en nuestra familia. Si el marido dice a su esposa que es muy agradable, ésta inmediatamente creerá que lo es, pero si luego le dice que no lo es, inmediatamente perderá la confianza.

Todo esto significa que, por un lado, carecemos de confianza en nosotros mismos y, por otro, no aceptamos a los demás tal como son, sino que queremos que sean tal como nos gustaría que fuesen.

Para recuperar nuestra confianza, lo más importante es intentar reconocer nuestra propia naturaleza. La verdadera naturaleza de cada uno de nosotros es la bondad básica, y está llena de paz y compasión. Teniendo esta certeza, no hay ningún problema en lo que digan de nosotros los demás, pues si sabemos quiénes somos, esas palabras, buenas o malas, no pueden afectar nuestra vida, nuestra vida no depende de ellas. Si alguien nos dice “no eres una buena persona” simplemente aceptemos lo que oímos, y elaboramos el pensamiento: “me conozco a mí mismo” “sé quién soy”. Así, pues, reconocer nuestra propia naturaleza y desarrollar autoconfianza es lo mismo.

Por otra parte, no debemos tener problema alguno en aceptar lo que los demás dicen de nosotros, porque se trata de su perspectiva, y desde la perspectiva de cada cual, todo es cierto, todos tienen razón. Así que si alguien dice: “Estas cosas son así”, no hay problema en ello, pues “quizás tenga razón desde su perspectiva”, “lo acepto”, “conozco mi propia naturaleza”, “no dependo de sus palabras”.

En lo que respecta a cómo conseguir una mente sana, creo que lo primero, y más importante, es desarrollar confianza en uno mismo.

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