Queremos que todo lo que nos rodea, las cosas externas y las personas, cambien. Es muy común que pensemos: “yo quiero cambiar la situación”, “yo quiero que todos vosotros cambiéis”, “si cambias seré feliz”, “si no cambiáis, no seré feliz”. Este es el problema. No sólo necesitamos cambiar nosotros, sino también desarrollar la aceptación, que significa aceptar a los demás tal como son, como seres humanos iguales a nosotros, y no en la medida en que cambien a nuestro gusto o se ajusten a lo que deseamos.

Cuando os enamoráis por primera vez, o cuando hacéis un muy buen amigo, es muy importante aceptar a la otra persona tal como es desde el primer momento, pero en la mayoría de los casos sucede todo lo contrario: queremos cambiarla, pensando que así seremos más felices. Queremos convertirla en otra persona, una persona mejor, según nuestro criterio.

Esto significa que no vemos la realidad, o no vemos la realidad tal como es, sino la que nos muestran las gafas que siempre llevamos puestas: las gafas de nuestra propia perspectiva. Si llevamos puestas las gafas de nuestra propia perspectiva no podremos ver la realidad, sino lo que queremos ver, lo que imaginamos. Esta perspectiva, ilusión, o imaginación, es la que genera los problemas. Así que lo que yo propongo es que nos quitemos las gafas de nuestra perspectiva individual para ser capaces de ver la realidad, una realidad que es mucho más bella de lo que imaginamos.

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