La bodichita es el néctar del camino mahayana, o bodisatvayana, su esencia, el método que conduce a la Iluminación o budidad.

Sólo en la vida diaria podemos comprobar si nuestra bodichita pesa medio kilo o más de mil toneladas.

¿Cómo se mantiene el amor, la compasión y la bodichita cuando surgen las emociones? ¿Cómo se practica el lojong, el entrenamiento de la mente, si aún experimentamos las emociones?

La principal herramienta con que contamos es la vigilancia, la atención plena, la consciencia. La atención plena es, junto con la bodichita, la más valiosa joya que podamos poseer, ya que nos permite trabajar en cualquier circunstancia y lugar, incluso mientras realizamos las tareas más habituales como comer, beber, ir al baño, caminar, trabajar o hablar. La práctica del camino espiritual requiere la plena atención en cada una de nuestras actividades, porque si ésta falta se cierra el camino de la meditación.

Tenemos que considerarnos trabajadores de la mente y acostumbrarnos a la práctica diaria, tenemos que cultivar la meditación, o bhavana, y desarrollar la familiarización, que significa dar buenas lecciones a nuestra mente porque sólo así estará lista y sabrá cómo trabajar cuando surja una emoción, como la ira o el enfado.

Si carecemos de ese entrenamiento, cuando surja la emoción necesitaremos la ayuda de alguien o de algo, no sabremos cómo trabajar con ella, y ese momento será muy difícil. Es mucho mejor enseñar antes a nuestra mente a controlarse.

Las emociones perturbadoras hacen daño a los demás pero, fundamentalmente, a nosotros mismos. Cuando ocurre algo, nuestra forma de actuar, tanto si tenemos poder como si no, es reaccionar para tomar el control de la situación, dominar o derrotar al supuesto adversario, de donde surge la ira y la agresividad. Pensamos que actuar así es beneficioso para nosotros, aunque realmente es lo contrario. En el momento en que surge el enfado, la ira o cualquier emoción perturbadora en nuestra mente, los primeros dañados somos nosotros mismos, ya que estas emociones nos arrebatan la paz. Así, pues, aunque creamos que la ira, las acciones agresivas, dañan en primer lugar a los demás, y luego nos benefician a nosotros, es todo lo contrario: nos dañan a nosotros mismos y luego dañan a los demás.

Es justo ese momento, el del inicio de la emoción, cuando tenemos la oportunidad y la capacidad de controlarla, de trabajar con ella, de no permitir que continúe, de enfrentarnos a ella con fuerza y apartarla de nosotros.

Es común pensar que la práctica de la compasión supone un beneficio, en primer lugar para los demás, y, en segundo lugar, para nosotros mismos, pero sucede todo lo contrario: cuando la compasión surge en nuestra mente somos nosotros los primeros beneficiados, y después los demás. Si observamos con más profundidad, si nos introducimos en el aspecto más sutil de la compasión, veremos que ésta es la realidad. Cuando la compasión, el amor o la paciencia aparecen en nuestra mente nos estamos beneficiando a nosotros mismos, y es este beneficio el que se traslada a los demás.

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